6.5.12

Las palabras se las lleva el viento V


Más allá de arrepentirse de lo que estaba haciendo y aún estaba por hacer, el soldado Courrier, ese escurridizo, se arrepentía de haber despreciado las palabras por mucho tiempo. Por pensar que las acciones bastarán para que los demás se dén cuenta de lo que uno siente y piensa. Por eso mismo dejó en muchas ocasiones de pronunciar las palabras que se esperaban de él. 

Ahora ahí escondido, comiendo de una lata que encontró en aquel cajón de madera consumido por el fuego, habla, habla sin parar con alguien que no está ahí. Da explicaciones, se justifica, se disculpa, se arrepiente. El espeso y frío caldo de lentejas hace crecer aun más el nudo que lleva en la garganta. Lleva cerca de dos días en ese escondite, en la trinchera enemiga consumida por el fuego. Hablando, temiendo. Hablando de noche y temiendo de día mientras logra juntar el coraje para terminar lo que ya comenzó. De un momento a otro el coraje, el valor se le terminó. La adrenalina le quedó a deber. Mató, corrió, escapó con lo más preciado para todo el escuadrón, si no es que para todo el pelotón. Y ahora está ahí hablando, acurrucado entre cenizas. 

“No me van a agarrar, no me pueden agarrar. ¿Te acuerdas de la casa de mi tía? La que tenía un patio con una fuente. En el verano mi tía le quitaba el agua para que no jugáramos con ella y le mojáramos toda la casa... Agua, me falta agua. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí?, ¿en qué me metí? Igual no me van a agarrar, les puedo sacar la vuelta a todos. Los supero.
¿Sigues igual?, ¿sigues ahí? Más te vale, más te vale que todo esto no vaya a ser en vano. ¿Y tú, puedes con el paquete que te va a tocar? ¿ehh?, ¿o te vas a morir a medio camino? Más te vale que no. Más te vale que no ¡por la mierda!” 

Su monólogo lo tuvo que interrumpir, escuchó ramas rompiéndose bajo pisadas que se supone debían ser prudentes. 
Tierra, eso es todo lo que ahora puede ver. Se aventó al suelo, se cubrió en parte con uno de los  enemigos muertos que siguen a los alrededores de esa trinchera. El paquete sigue donde lo dejó, al borde de los costales llenos de arena o de tierra, o de ambos, pero eso sí es seguro, costales ensangrentados. 
Jadea, trata de sacar todo el aire que lleva en los pulmones. Maldita adrenalina, sí, esa que le faltaba, la que no había encontrado, ahora la lleva en sus venas y tiene que fingir estar muerto. Parpadea, sus pestañas acarician, peinan la tierra, sus fosas nasales la aspiran, su boca la saborea. Tierra, cenizas, sangre seca y latas de comida vacías.
Las latas, que no miren las latas. ¿Quién o qué habrá de comer de las reservas chamuscadas de soldados muertos? ¿Qué habría de poder abrir latas de comida?
Que no miren las latas y cierra los ojos como si así aquellos extraños enemigos, también lo hicieran.
Escucha pasos, varios pasos. “Son dos soldados, ¿o son cinco?, ¿o acaso más?” 
Escucha con atención mientras ve nada más que tierra y su nariz aspira el polvo seco. 
Han bajado la guardia, han de estar ya en pleno descampado, porque si no les han disparado es porque no hay nadie que les pueda disparar. Comienzan a hablar y apenas entonces el escurridizo descubre quien lo acecha: No entiende nada. Lo que esos hombres hablan no son palabras para sus oídos, lo que escucha ha sido hasta ahora los ruidos, los cantos de guerra del enemigo. Sin embargo, por una extraña razón escuchar ese idioma extraño con el que esos soldados se comunican, ahora lo tranquiliza. No se trata de sus compatriotas que lo estén buscando por traidor. 

Peinan la zona, o bueno eso es lo que él cree, escucha los pasos de los hombres que van de un lado al otro. Al parecer recogen algo. 
De pronto surcan aviones el cielo y los enemigos desaparecen más rápido de lo que llegaron.

El escurridizo se quedó bastante tiempo tumbado en la tierra, sintiendo que el corazón le iba a reventar, sintiendo la tensión en cada uno de sus músculos. Ahora tenía nuevamente la adrenalina para retar a la muerte, para hacerla de equilibrista entre dos ejércitos enemigos que no dudarían en asesinarlo. Se levantó con nuevas fuerzas y una enorme determinación: 
“Es ahora o nunca, de una u otra forma ya estoy muerto, cada día que siga vivo es ganancia.”

CONTINUARÁ

25.4.12

¿Qué piensas?


Así es como siempre comienzan este tipo de conversaciones que no son conversaciones: 
¿Qué piensas? – Nada. 
Nada de nada.
No se trata de una mentira, más bien de una verdad a medias. ¿Quién ha de poder ordenar la mierda que trae metida en la cabeza, acompañada del vacío que se expande en el pecho?
¿Quién?, ¿tú?, ¿eres capaz de ordenar de forma lógica todo ese remolino de dolores, arrepentimientos y tristezas?, ¿de formularlas en oraciones para transmitirle a los demás el estado deplorable en el que te encuentras?
Sí, ya sé preguntas y más preguntas. ¡Sí ya lo sé! No te interesa, es mi problema, yo me metí en esto y ahora a ver como salgo. Sí, es una maldita encrucijada entre razón y sentimientos. Tomaste una decisión que te daña a ti y a otra persona sumamente apegada a ti. Que estuvo sumamente apegada a ti, pero ya no, porque tú la alejaste.
Sí, es mucho tema para ti, más problemas para tus putos problemas. 
Entonces no preguntes. 
No preguntes si me ves sentado con la mirada perdida en la nada. Sí sé qué estoy pensando, sé qué estoy sufriendo, pero no se puede plasmar de forma lógica, en palabras, por eso me voy por el camino fácil.
¿Qué piensas? – En nada. 


15.4.12

Las palabras se las lleva el viento IV

Eso era lo único que les faltaba. Como si no fuera suficiente el tener que ir regalándoles jóvenes vidas al enemigo, ahora también tenían que hacerla de juez y verdugo con un traidor de sus propias filas.
Al amanecer habían hecho el reporte de la sospechosa desaparición de Ernesto Courrier ante el jefe de pelotón. La traición no fue lo que lo hizo explotar y clamar venganza, sino el hecho que se hubiera llevado el paquete consigo. El otro escurridizo, prácticamente no fue mencionado. Aquel que quedó recargado en el árbol, muerto.

A lo largo de los últimos meses de la guerra, gran cantidad de soldados se habían dado a la fuga, temerosos de la muerte y sus múltiples facetas.
Por lo general a los traidores no se les perseguía formalmente, si en dado caso se les encontraba les regalaban dos balas: una al corazón y otra a la cabeza.
Sin embargo, en el caso del escurridizo la situación era muy diferente, realmente no se interesaban en él, más que nada se quería recuperar el paquete perdido. Así es como a su antiguo escuadrón se le encargó la tarea de recuperación del paquete, también les mencionaron de manera fortuita que con el traidor hicieran lo que quisieran, siempre y cuando ya hubieran recuperado el paquete.
Esa era en verdad una tarea estúpida, buscar entre los cientos o miles de soldados de uniforme verde a aquel que recibió un paquete y se marchó con él, en lugar de llevarlo a sus superiores.

“¡Soldados! El tiempo apremia, no sabemos que es lo que este maldito traidor tenga planeado hacer con el material que se robó. Nos encontramos en un punto crucial de esta guerra. Como ya sabrán el paquete que tenían que recoger es parte de una nueva estrategia de inteligencia con la que habremos de infiltrar al enemigo y burlar el frente para poder mandar con éxito información a los mandos en nuestro territorio. Si este maldito Courrier se unió al enemigo, toda la operación está en peligro. Hay que encontrarlo antes de que le dé la información a algún mando importante. Hay que ser cuidadosos en extremo, ya que la operación es tan secreta que no se sabe en que consiste esta nueva estrategia. Nos teníamos que informar en cuanto recibiéramos el paquete, así que sean cuidadosos, porque realmente no sabemos lo que estamos buscando. Tráiganmelo rápido. ¡Buena suerte!”

Así, el escuadrón comenzó su misión después de escuchar las palabras del jefe de pelotón. Buscando las herramientas para tornar el destino de esa guerra que ya se había alargado de más. Más de tres años de lodo, balas, sangre y una que otra estrategia fallida.

CONTINUARÁ

31.3.12

Las palabras se las lleva el viento III

Ha sido mera casualidad que hoy se haya puesto ese vestido. El vestido de las despedidas, se podría decir. Un vestido blanco con motas celestes, retocado con un listón azul marino en la cintura. Se trata de un vestido primaveral que ha usado en los más crudos de sus inviernos. Hoy es otro de esos días, en los que el infierno sube a la tierra, en los que se manifiesta a sus alrededores para destrozarla lentamente, de adentro hacia fuera.
“Dios no existe, pero el averno sí, caes en él cuando menos lo esperas. De un momento a otro tu corazón es consumido por la hoguera y una sigue viva para contarlo.”

Hace más de tres años que se despidió de él. Él, alegre, sonriente, bonachón, fuerte, un hombre con la nobleza y alegría de un niño, acompañada de la fuerza de un león, por eso se enamoró de él. Se sentía segura y alegre a su lado, ¿qué más podía pedir? Sin embargo que ella se sintiera segura no quería decir que él lo estuviera, o que aún lo esté en estos instantes. La soledad los ha ido marchitando a los dos. La soledad que nació ese día de verano. La soledad parida en un buque zarpando.

Quién supiera lo que ha sufrido por él, las noches que ha pasado en vela, las lágrimas que ha derramado después de sueños en los cuales su amado es destrozado por las balas. Hoy en la noche soñó nuevamente con la guerra. La frontera enemiga estuvo de nuevo cerca de la playa, su fortaleza de hombre estaba jugando con sus compañeros armando trincheras de arena que luego las olas destruían. Comenzaron de nuevo a escarbar, a remover arena mojada. A lo lejos se ven dos figuras en el aire, son dos cometas que niños vuelan en la playa. La trinchera está lista de nuevo, pero ya se avecina la próxima ola destructora. Se rompen los hilos de las cometas, el agua inunda la trinchera, se lleva al soldado que estaba en ella, éste se hunde en agua y arena.
Las cometas ya no son cometas, son aviones cazas, pierden altura, los niños ya no juegan, corren en pánico en dirección de los soldados. Los aviones abren fuego y sus metralletas destazan a los hombres juguetones. Su hombre corre, trata de escapar, es veloz pero no basta. Frente a sus ojos las balas del avión le destrozan las piernas.
Así como comenzó termina el ataque, dos cometas caen a la arena, las olas se las llevan. Los médicos militares van hasta su camastro y le entregan en una silla de ruedas a su fortaleza rota de hombre, el rastro rojo queda donde ha estado y donde estará. “Señorita, su amado” dicen y se marchan. “Bueno mi vida, vamos a tomarnos un último trago ahora que aún tenemos tiempo”, dice el escurridizo mientras se sigue desangrando en esa silla.

Después ya no pudo volver a dormir, y ahora esto. Y para su desgracia volvió a escoger ese vestido.
El listón de la cintura ondeaba con el viento aquella tarde de verano, se había puesto gafas de sol, el sol era una excusa, no quería que se le vieran los ojos hinchados. Eran los últimos momentos que iban a poder estar juntos hasta Dios sabía cuándo. Desde hacía algo más de tres meses estaba encuartelado. Sus últimas vacaciones fueron dos días en los que no pudo dejar el puerto. Dos días en los que abundaron las mujeres despidiendo a sus hombres en ese ambiente lleno de mustio y miedoso silencio a pesar de la gran cantidad de acorazados, cruceros y destructores.
“Tienes que regresar, ¿me entiendes? Ni pienses que te puede pasar algo”, le dijo con voz temblorosa. “Aquí te voy a estar esperando, tienes que regresar. ¡No me vayas a dejar sola cabrón!”, y explotó en llanto. Él la tranquilizó como pudo, ¿qué tan bien puede tranquilizar alguien que comienza a sentir a la muerte cerca, alguien que ya sabe que en unas horas tendrá que matar para no ser matado?
“Tranquila, tranquila cariño, no me va a pasar nada. Mejor vamos a tomarnos un último trago ahora que aún tenemos tiempo.” La abrazó y lentamente se alejaron de la playa. Dejaron atrás a los niños disfrutando del mar, su romance adolescente, sus sueños idílicos. Dejaron atrás su vida en tiempos de paz.
Al despedirse mientras él jugueteaba con ese listón azul marino, como muchas otras veces, ella le dijo lo que no se habían dicho nunca: “Te amo”, se aferró a él y esperó una respuesta. “Voy a regresar, te lo prometo.” No fue correspondida, su confesión fue recibida con una promesa, palabras y más palabras. Esa promesa podía ser no más que palabras vacías, o llenas de intención y sentimiento como las que ella había pronunciado. Al final de cuentas las palabras son palabras, y las palabras se las lleva el viento.

Palabras vacías, así también espera que sean estas que están sobre el papel que le han entregado hoy, que han provocado que el infierno suba a la tierra.
El soldado Ernesto Courrier ha sido reportado como desaparecido durante acciones de inteligencia de su escuadrón al norte del territorio ocupado. También hay razones para creer que de seguir vivo, el soldado Courrier ha traicionado a su patria y ejército para unirse al enemigo.

CONTINUARÁ

13.3.12

Las palabras se las lleva el viento II

El ruido de las ramas golpeando los pantalones, el sonido de las hojas crujiendo debajo de las botas, el agua encharcada salpicando las ropas. Jadea, no sabe cuánto tiempo tiene para escapar, no sabe cuánta ventaja les lleva a lo que queda de su escuadrón, a los que traicionó. El fusil se le resbala del hombro al correr. El paquete cuelga del otro hombro, tiene que escapar de forma incómoda, dos objetos golpeando cada una de sus piernas, dos objetos que tiene que tomar con las manos y correr para no terminar cayendo. Espera que valga la pena el riesgo, la traición.
Ahora se ha convertido en un equilibrista, su vida pende de un hilo. De un lado están los enemigos atrincherados esperando un error suyo, del otro está su escuadrón que de encontrárselo lo tratará como se tratan a los traidores, sin piedad.

Sin piedad se trata también el escurridizo a sí mismo. Qué idea más estúpida el traicionar a su ejército en tierras enemigas. Estar solo en bosques desiguales, desconocidos, destrozados en partes. Troncos negros, pelones y humo asfixiante de batallas pasadas. Llegó a un descampado, resultado de bombardeos y combates. Tiene que huir, esconderse de nuevo, su uniforme verde resalta en ese fondo negro cenizo. Se acerca con mucho cuidado a una trinchera calcinada.

Cayó de bruces en el refugio de los enemigos destrozados. Creyó ver a la muerte a la cara y se lanzó: a unos cincuenta metros sobre la rama de un árbol le pareció ver escondido a un francotirador de su ejército. Alcanzó a reconocer el casco y las insignias. Por eso mismo ha caído, se ha lanzado sin reparo para caer sobre un cadáver enemigo. Sí, vio a la muerte, la sintió debajo suyo, suave, pegajosa, dócil. Está por varios lugares, a esa rama también ha llegado la muerte. Con sumo cuidado observó al supuesto francotirador. Le dio la impresión de que lloraba sangre, recargado sobre la rama alta de aquel árbol, los brazos colgando.

El enemigo es ordenado, hasta en la muerte. Detrás de las cenizas y las marcas negras del fuego aun se vislumbran latas, apiladas dentro de lo que posiblemente hasta hace unas horas era un cajón de madera. Son alimentos, para él y para el paquete.
Puede que tambien algo de munición haya sobrevivido al fuego, hay cajas de ella debajo de un costal de arena.

El escurridizo se esconderá en ese bosque calcinado, dentro de aquella trinchera ensangrentada. Se quita su viejo uniforme, aquel que traicionó. Se pondrá uno ensangrentado, agujereado, de aquel cuerpo que le frenó la caída. Por ahora permanecerá ahí, aunque sea esta noche. Estudiará a fondo el contenido del misterioso paquete e intentará descifrar cómo es que ese paquete lo ha de ayudar a resolver su problema.

CONTINUARÁ

28.2.12

Las palabras se las lleva el viento I

Es de noche, andando por un camino que no lo es. Pisoteando plantas ya pisoteadas. Guardando silencio con la vida, pues ésta pende de ello. Se comunican con gestos, señas, nada más. Aquel grupo diezmado que desea hacerse invisible. Pero no lo son, basta pisar una rama seca y el sudor frío reaparece, el vacío en el estómago, el miedo. La muerte más peligrosa es la que se esconde en el silencio. Y así, de la nada estira sus garras para llevarse lo que pueda. Alguien tose... o es lo que parece. Se agita y la cabeza pierde su soporte, cae hacia delante torciendo lo que queda de cuello. De la garganta fluye la sangre, combinada con gorgoteos de la desdichada vida sofocándose, hasta que muere. Nadie escuchó nada. Muerte desde la oscuridad silenciosa.
De las ganas de desaparecer, de ser invisibles, surge el pánico, el deseo de venganza. Si antes el grupo se escondía, ahora llaman la atención con detonaciones. Comienzan a disparar en dirección de la que creen que provino el proyectil que los ha diezmado aún más.

Detonación tras detonación, gritos, comandos. El jefe de escuadrón se reincorpora para ordenar: “Dos para adelante, vayan al punto de entrega, los demás escalonados los van cubriendo....” y no dijo más. Cayó al suelo sin hacer un solo ruido, mas que el de las ramas estorbando su caída.
El fuego enemigo se hizo más intenso, los soldados recargaron sus fusiles e hicieron lo que tenían que hacer: Los dos que había mencionado el jefe, los más escurridizos, comenzaron a correr, manteniéndose lo más abajo posible. Después de un par de disparos del enemigo, el resto del escuadrón los pudo ubicar para intentar llenarlos de plomo. Había que llenar de balas los dos metros alrededor de los puntos donde se veían los destellos. Pero había que cerciorarse de rociar todo ese espacio con las suficientes balas. Lentamente cesó el fuego enemigo, dos soldados se han acercado a lo que resultó ser una trinchera, se escucharon cinco disparos de pistola. Las órdenes son no hacer prisioneros. La verdad es que no se han apegado a las órdenes, han rematado al enemigo por venganza. Tres más de los propios han caído en esta escaramuza.

Después de recoger el parque de los caídos, los cuatro hombres sobrantes de aquel escuadrón han llegado sigilosamente al punto de entrega. Es una pradera en la que uno, en tiempos de paz, haría un día de campo. Uno llegaría con mantas, trastes y comida (parecido a lo cargados que vienen ellos), y después de disfrutar el prado soleado uno se refugiaría, así como aquella silueta al fondo, a la sombra de un árbol. La imagen tiene algo idílico, del otro lado del prado, donde comienza de nuevo el bosque, hay alguien sentado, recargado sobre un árbol, con las manos sobre su rodilla flexionada. El grupo se acerca lentamente, los dedos en los gatillos, aquel está en paz, no hay señales de que sea una amenaza. Parece estar ausente, con la mirada perdida en la naturaleza, relajándose mientras recarga su cabeza en la corteza.
De pronto escupe sangre, tose y se arquea mientras que las heridas se hacen visibles para los cuatro sobrevivientes que ya han llegado al lado suyo. Es uno de los dos escurridizos que debían llegar al punto de entrega. Es uno de los que ellos debieron proteger de las balas enemigas. Ahora está muriendo.
“¿Qué pasó?” pregunta uno de ellos. “El otro fue, agarró el paquete y nos traicionó...” contesta con sangre de por medio. Vuelve a toser, a escupir y todos saben, se está marchando.
“Lo vamos a encontrar, ¿entiendes? Te vamos a vengar, va a pagar por haberle disparado a uno de los nuestros. Morirá, te lo prometo.” Suelta esas palabras, mientras el otro suelta la vida.
Las ha soltado, el viento las acoge y transporta: Las palabras se las lleva el viento.

CONTINUARÁ

15.2.12

La montaña de papeles

Todos los papeles parecen venírsele encima. En ese escritorio viejo está la montaña de notas y papeles que amenaza con desbarrancarse. Ya se dio por vencido. El orden de esos papeles es nulo, inexistente. Perdió desde hace tiempo la oportunidad para ordenarlos. Ahora intenta hacer lo mejor de su precaria situación. Recoger el escritorio no es una opción. La primera vez que se vio involucrado con una estampida de hojas, las cuales fueron a parar hasta el pasillo, alejándose así de su cubículo, fingió un grave malestar estomacal y se fue a casa.

De ahí en adelante le pareció cada vez menos posible recuperar el orden, y hasta se dedicó a perderlo cada vez más. Las hojas que llegaron a caer fueron destruidas, da igual su contenido, minutas de la dirección, tablas de la contaduría, dibujos del hijo: Todo, una vez que pierde su lugar en el escritorio es basura, y es tratado como tal.

La única diferencia entre su vida antes y después de la preocupación es el alcohol. Mucho tiempo se preocupó por mantener el orden por no poder encontrar lo que buscaba, ese documento imprescindible para la culminación del negocio.
Perdió muchos negocios, perdió el respeto. Pasó de ser uno de los líderes a la mascota de la empresa. Aquel que encerrado en su cubículo silba “árboles de la barranca” sentado frente a lo que alguna vez fue su escritorio. Dos veces por día recoge y aspira, únicamente el suelo, eso sí. Los papeles que caen son los únicos que recoge. En una ocasión cayó la foto de su mujer, también fue tratada como basura.

Sus días están contados, pero mientras su tiempo se termina sus colegas le hacen perder el tiempo pidiéndole documentos específicos. 'Oye', le dicen, '¿tienes los papeles de ventas del mes pasado?'
Deja de silbar, se levanta de su silla y meticulosamente empieza a remover papeles. Busca en todas direcciones, pero pronto se desespera y comienza a removerlos descuidadamente. No tarda mucho hasta que una avalancha cae al suelo. Los colegas explotan en júbilo. Las carcajadas no se hacen esperar.

Lo dejan solo en su cubículo de las excentricidades. Por lo menos para eso sigue sirviendo, para entretener a los colegas.
Con resignación recoge las pérdidas, se mueve con cansancio. Hubo durante unos instantes vitalidad en su rostro: mientras silbaba. Ahora se ve más cansado que nunca, de luto, estropeado por sus papeles perdidos, por los papeles caídos. La verdad es que ya ninguno de los papeles que le llegan son de importancia aunque los seguirá tratando como si la tuvieran, los seguirá cuidando, velando por ellos: evitando que caigan, que se ensucien con el suelo. Algunos de esos papeles si tienen y seguirán teniendo importancia, pero son los que menos intenta buscar. Busca los periódicos actuales, pero ignora papeles tan importantes como los del divorcio y los de la indemnización de la empresa.
Ya lo despidieron, pero alguien tiene que seguir cuidando la montaña de papeles.